In memoriam
Soledad Segovia Molina
(1936 – 2024).
¿Es que “no tienes abuela”? ¿Quién eres, que avanzas con tanto orgullo por el mundo, como quien porta dentro de sí un tesoro?
Cuando alguien en España expresa en voz alta sus propias cualidades con cierto aire de vanidad, se suele usar esta expresión: “¿es que no ”has tenido abuela”?
Por fortuna, yo sí que las he tenido. Más de las que hubiera imaginado jamás. Voy a hablarte de una de ellas. Su nombre es Soledad Segovia Molina.
La abuela Sole nació en septiembre, un día 13 del año de 1936. Fue la tercera hija de Francisco y Basilisa. No lo sabemos bien, pero imaginamos que siendo una niña fue una compañera de juegos para sus hermanas Carmen y Emilia, y una hermana protectora para su hermanito Antonio, a quien años más tarde conoceríamos como Chacho.
Sole La Basilisa no fue al colegio. Aquel no era un tiempo como el nuestro. Creció en una España dividida, en una España en la que las mujeres no tenían mucha elección. No se podía votar, no se podía opinar con tanta libertad, no se podía optar por muchas de las opciones a las que hoy las mujeres podemos aspirar.
Se casó muy jovencita por decisión propia con un hombre de otra tierra que había caminado kilómetros desde un lugar llamado Quesada, hasta el pueblo de Macael, un lugar conocido por la abundancia de sus canteras que permitían a un hombre común, en tiempos de dificultad, ganarse el pan para proveer a su familia de lo más elemental.
A base de esfuerzo, Antonio y Soledad construyeron un hogar en un Castillo modesto. Corrales, cabras, ventanas grandes, pequeños huertos. Por ahí de los años sesenta se convirtieron en Papa y Mama, primero con el niño Emilio y tres años después, con la niña Soledad. Hermano y hermana, obtuvieron de aquel par ejemplar, lo más importante que se puede heredar: la capacidad de amar.
Por eso no fue sorpresa que a los caminos de esos niños, convertidos en jóvenes, llegaran dos personas que de inmediato se convirtieron en parte importante de aquella dinámica familiar. Mama y Papa los acogieron enseguida en casa como dos hijos más, a Virtudes Corazón de León y a Toñi, el mayor de los Calavera.
Dicen que a los hijos se les quiere una barbaridad, pero que a los nietos, se les ama en proporción a la inmensidad. Y así ocurrió que un día de febrero de 1982 la Mama Sole se convirtió en esa figura fundamental que nos convoca hoy. Abuela Sole se estrenó con Antoñico para luego recibir a la niña Noelia, al niño Emilico y finalmente, al pequeño Sergio. Cuatro niños inquietos, traviesos, ocurrentes que iluminaron su mundo y que desde entonces, conformaron un universo pleno que se resumía en tener a todos reunidos alrededor de su mesa.
¿Que los niños van al patio a tirar piedras?, ¡allí que va la abuela Sole a prevenir el rasguño! ¿Que los niños tienen hambre y antojo? ¡allí que va la abuela a poner una mijilla para cumplir con el capricho de sus críos! ¿Que los jóvenes padres se van de fiesta? ¡Allí que permanece la abuela en vela, para contar historias, suavizar los miedos, cuidar el sueño de los continuos líos de aquellos revoltosos polluelos!
Crecieron. Y se hicieron grandes y se pusieron fuertes y desarrollaron sus talentos y creció el orgullo de La Basilisa amable que con el tiempo se convertiría también en la abuela del barrio entero.
En lo que a mi respecta, conocí a la abuela Sole por primera vez en el verano de 2015. Me recibió en el castillo amarillo con los brazos abiertos y una procesión de besos danzarines. Y para mí, que vengo de otro continente me parecía fascinante su ropa, su relación con los gatos y las gallinas, el envase tradicional de sus aceitunas, la terraza en la que solía sacar el colchón para dormir con el abuelo Antonio, bajo el manto estrellado de las noche de verano.
Había algo de maravilla en los sonidos de esos nuevos espacios que recorría, en su voz dulce resonando por los rincones de esos salones, de esa cocina de toda la vida, esa lumbre, esa mesa con cenizas. Había algo de profundidad en esa cara de España que no conocía y que me sorprendía por su olor a tradición, por su sazón a sabiduría, por la presencia de ese algo que se va perdiendo con la modernidad y esa mentirijilla de la productividad.
Hay algunas cosas deliciosas que debo decir sobre la Abuela Sole, como por ejemplo, que nunca el Viernes Santo fue tan esperado por ese delicioso potaje de albóndigas de bacalao, vaya cocinera estupenda. ¡Dichosos los que alguna vez tuvieron acceso a los tuppers que guardaban sus guisos y que dejaban la satisfacción de la barriga llena y el corazón contento.
Hay algunas verdades, más relevantes si cabe, que hay que decir de la abuelita Soledad. Quizá la más importante de todas sería resaltar el hecho de que siendo una mujer iletrada, su vida ha sido una clase magistral de humanidad. ¿Alguien, por favor, puede decirme a qué escuela hay que apuntarse para aprender su ternura, su sentido de solidaridad? ¿Quién puede decirme a mí, o a cualquiera que la haya conocido, que la Mama Sole no merece homenajes por su servicio a la comunidad?
A lo largo de sus casi 88 años de vida, ha sido la mejor de las vecinas.
¿Que alguien se ha puesto malo? Allí que va su silueta por la cuesta a prestar sus manos para multiplicar el bienestar. ¡Ay Chacha Sole, has sido impecable en tu generosidad! Sin rechistar. Dando sin esperar. Con una sonrisa por delante y tras de tí una estela de luminosidad.
Allí que va la abuela Soledad con ese par de ojos celeste que transmiten su fragilidad y hace superlativa la personificación de la humildad. No exagero ni enaltezco de más cuando digo que lo que la Chacha Sole ha hecho con su vida, es un alegato necesario de lo que significa vivir con la máxima sobriedad. Así que, por favor, abuela, ¿puedes decirme de qué cantera se extrae la vocación de entregarse a los demás?
Las últimas semanas en el hospital han sido particularmente duras para la familia y me atrevo a decir que para toda su comunidad. Sobre todo porque empezamos a hacernos a la idea de lo que sería su ausencia en el portal, el vacío de no hallar su voz a la hora de llamar para saludar, la tristeza que sólo se ha compensado con la entereza con la que especialmente su niña y su nuera se han mantenido firmes a su lado sosteniendo su mano hasta el segundo en el que se ha cumplido el más dulce de los sueños.
A sus hijos, a sus nietos, aunque al principio será difícil, caminen, avancen orgullosos, conscientes del testimonio magnífico que han tenido en ella de delicadeza, entereza, compromiso y caridad.
Que nadie tenga que preguntarles si es que han tenido abuela, porque sabrán honrar en vida el regalo que ha sido tenerla. Ojalá en adelante, su día a día sea un homenaje para ese tesoro que cada uno de ustedes lleva dentro de sí: el corazón de la abuela Soledad.
Si alguien, sin embargo, llegara a preguntarles que si habéis tenido abuela, díganles con toda seguridad, que la suya ha sido la Chacha que a todos apapacha, la que nos ha acariciado el alma, la Abuela Reina, Una mujer de Cantera.
El legado de Solica. Noche Vieja 2022.
Cuando alguien como yo llega de otro lugar, en medio de la confusión que puede resultar del choque cultural, busca. Busca aquello que unos y otros podemos tener en común. Fue así como descubrí que el amor de las abuelas es un lenguaje universal.
Durante mucho tiempo, Novio y yo soñamos con la oportunidad de que sus abuelas y las mías se pudieran encontrar. ¿Te imaginas – nos decíamos, de qué hablaría tu abuela con la mía? Pues bien, no hay plazo que no se cumpla, ha llegado el día.
Antes de que la abuela descansara, le hice una pregunta en el hospital: ¿Abuela, sabes cómo se llamaban mis abuelas? Mis abuelas se llamaban Carmelina y Sara pero todos la llamaban Mosa. Y ella, con esa vocesilla tierna, repitió: Carmelina y Mosa.
Fue lo último que me dijo. Esa fue mi manera de despedirme de ella. Quería que supiera que a ese lugar al que las almas van, ellas, mis abuelas estarían ahí para recibirla.
¿Habéis tenido abuelas? ¿Sus nombres? ¿Cuales eran? Quizá ellas también podrían estar ahí en una especie de comitiva de bienvenida para nuestra abuela Soledad.
Querida Familia, no tienen nada de qué preocuparse más. Le corresponde a mis abuelas acogerla a ella, a la abuela Soledad, con el mismo amor con el que ella me ha acogido a mí hasta que nos volvamos a encontrar.
Amor con amor se paga.
Luz a la luz.
Larga vida a las abuelas, que son eternas.
Descansa en paz, abuela de hierro.

