FRAGMENTOS
¿Qué es eso que el arte necesita?
La respuesta la hemos tomado del libro «La belleza y el arte» del escritor José Miguel Ibáñez Langlois.
Sucede simplemente que el arte tiene… historia, tanta historia como el hombre mismo. Y por eso no puede detenerse; necesita cambiar. A esa necesidad aluda Sábato cuando afirma que hay una sola cosa superior a la belleza: el cambio. En ese mismo sentido, se ha hecho notar que la consigna de algunas rebeliones musicales contra lo clásico ha solido expresarse así: «¿Hasta cuándo Beethoven?». No porque no lo admiren, sino porque, por alta que sea una cumbre, los espíritus más inquietos no desean permanecer en ella. Y cuando esos mismos espíritus presentan sus propias creaciones, puede que no gusten a todos, o incluso a nadie.
Así ocurrió, por ejemplo, con los inicios de la pintura no figurativa, o con la novela del Stream of consciousness. Y cuando Stravinski estrenó La consagración de la primavera, del escándalo participaron grandes músicos: Debussy y St. Saëns se indignaron. Sucede que la permanente creatividad humana es una búsqueda de formas siempre nuevas. El arte no tolera repetición, decía Ortega: por fecundo que sea un estilo, al cabo de un tiempo termina por consumir sus posibilidades, y la magnífica cantera se agota, mientras que la siguiente a menuda despierta rechazo, o al menos incomprensión.
Que el juicio estético de la posteridad padezca omisiones y olvidos es inevitable, pero en el largo plazo muchos de ellos se reparan, aunque sea en forma tardía. El Greco sólo fue bien conocido por la generación española del 98, tres siglos más tarde. A los funerales de Beethoven acudió media Europa, mientras que en los de Mozart -comparado en su día con… ¡Salieri! – estuvo solo el sepulturero, sin más compañía que el perro del compositor; pero ambos genios quedaron más tarde con pareja fama.
Vivaldi fue olvidado del todo, y redescubierto solo en la segunda o tercera década del siglo XX, más de siglo y medio después, pero en cuanto se encontraron sus partituras fue ensalzado otra vez. Vermeer fue redescubierto en Francia doscientos años después de sus grandes obras. También Góngora cayó en el olvido durante un par de siglos, para alzarse de nuevo con fama e influencia entre los poetas de la generación de 1927. Puede aplicarse a esta realidad histórica el dicho popular: «La justicia tarda, pero llega».
Luego, dentro de la fiabilidad de todo lo humano, hay un juez bastante aceptable, al que con razón solemos atenernos: el tiempo. El paso del tiempo decanta, jerarquiza, selecciona, desecha, ordena, exalta, olvida, redescubre… Es ese transcurso el que nos proporciona un mínimo de consenso sobre la identidad de los grandes creadores de arte que, a lo largo de los siglos, reconocemos y estudiamos y honramos, esos y no otros cualesquiera que en su día fueron encumbrados – el fenómeno de la “moda” y luego cayeron en el olvido.
No tenemos juicio estético mejor que el paso del tiempo, que la historia misma. El tiempo es un juez imperfecto pero humano. Es relativo, pero no relativista. Es subjetivo o intersubjetivo, pero no subjetivista.
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