FRAGMENTOS
¿Cuál es el estado de ánimo más propicio al acto creativo?
La respuesta la tomamos del ensayo «Una habitación propia» de Virginia Woolf.
Llevaba muchos años queriendo leer este ensayo. Al fin, me lo autorregalé por el Día del Libro. Es una versión ilustrada muy linda de la editorial Alma.
Como siempre, la lectura llegó especialmente bien para el momento creativo en el que me encontraba. Aunque quizá la respuesta no sea la que esperas, aquí va, para que te quedes al terminar de leer, rumiando con la idea… y el ánimo, ¡siempre con el ánimo!
Me pregunté entonces cuál era el estado de ánimo más propicio al acto creativo. ¿Es posible formarse una idea del estado que favorece y hace posible esa extraña actividad? En ese punto abrí el volumen que contenía las tragedias de Shakespeare. ¿Cuál era el estado de ánimo de Shakespeare cuando escribió, por ejemplo, El Rey Lear o Antonio y Cleopatra? Sin duda el más favorable para la poesía. Pero el propio Shakespeare nunca habló de su estado de ánimo. Sabemos, por azar, que jamás «tachó una línea». A decir verdad, ningún artista se refirió a su estado de ánimo hasta llegado el siglo XVIII. Puede que el primero en hacerlo fuera Rousseau. En todo caso, un siglo más tarde, la conciencia individual se había desarrollado a tal extremo que se convirtió en costumbre de los hombres de letras ofrecer una descripción de su psicología en confesiones y autobiografías. También se escribieron sus vidas, y después de su muerte se publicaron sus cartas.
Así, aunque ignoremos qué experiencias tuvo Shakespeare mientras escribía El rey Lear, sí conocemos las de Carlyle cuando escribía La Revolución francesa; las de Flaubert cuando escribía Madame Bovary; las de Keats cuando intentó escribir poesía frente a la cercanía de la muerte y la indiferencia del mundo.
A partir de esta enorme cantidad de confesiones y autoanálisis en la literatura moderna, deduzco que escribir una obra genial es en la mayoría de los casos una hazaña de una dificultad prodigiosa.
Todo está en contra de la probabilidad de que la obra salga entera e intacta de la mente del autor. Las circunstancias materiales generalmente se oponen al empeño. Ladrarán los perros, interrumpirá la gente; habrá que ganar dinero; fallará la salud. Y a todas estas dificultades se sumará la notoria indiferencia del mundo, que las hará más pesadas de sobrellevar. El mundo no pide a nadie que escriba poemas, novelas o libros de historias; no los necesita. Al mundo le trae sin cuidado que Flaubert encuentre la palabra exacta o que Carlyle verifique escrupulosamente este o aquel dato. Y, como es natural, no paga por aquello que no necesita. Por eso el escritor, Keats, Flaubert o Carlyle, sufre, sobre todo en los años más creativos de su juventud, toda clase de distracciones y desalientos. Una maldición, un grito de agonía se eleva de esos libros de análisis y confesión. «Grandísimos poetas mueren en la miseria», tal es la carga de su canto. Si algo se logra a pesar de todo, es un milagro, y es probable que ningún libro nazca intacto y sin deformidades, tal como fue concebido.
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