Temporada 3

KM 18: Migrantes somos y en el camino andamos

By 15 de junio de 2021junio 23rd, 2021No Comments

TEMPORADA TRESKM 18

Migrantes somos y en el camino andamos.

La última protesta de la tercera temporada va por las fronteras y los muros. A través de una serie de relatos y sensaciones personales, nos encontramos con el rostro de la migración, reflexionamos sobres los que se van pero también sobre los que se quedan, ponemos la atención en los gestos que nos hacen humanos, y nos pronunciamos ante la urgencia de trabajar por nuevas políticas que promuevan una alianza mundial.

Te recomendamos escuchar el KM18 antes de leer los contenidos de este espacio creados para reforzar el mensaje que te hemos compartido y guiarte hacia las referencias que nos han servido de inspiración para escribir el guión.

1º encuentro: El rostro de la migración.

Nos hemos detenido en una casa de techos de guano. Tengo en la mano una cámara de video y estoy recorriendo pueblos recogiendo testimonios de personas para sus familias. Nos adentramos en la casa. 

Una mujer se levanta de la hamaca, tendrá unos setenta años, y nosotros la hemos despertado de la siesta. Observo mientras escucho una lengua que no entiendo. Ella habla maya, no entiende el español. Un compañero mío hace labores de traducción. Le explica que  estoy ahí para que ella le envíe un mensaje a su hijo, así que se planta justo enfrente de mi. Mi compañero me indica que está lista. 

Enciendo la cámara, enfoco el metro y medio de su estatura, la hamaca amarilla se sostiene detrás, su hipil, su cabello cenizo. Es diminuta en el encuadre. Me pongo en posición y doy el aviso: REC. La cámara está grabando.

La mujer no habla. Sólo mira fijamente el lente de la cámara. No se mueve ninguna de las palmas que dan sombra a aquella casa. Firme se mantiene frente a mí por más de un minuto. Un silencio envuelve nuestro entorno. Yo empiezo a desesperarme, así que miro a mi interlocutor con confusión, con la mirada le vuelvo a decir: “anda, dile que la cámara está grabando”; pero él me mira sonriendo, como diciendo “dale su tiempo”.

Un quejido rasga el silencio. Del dolor de su interior surge una voz que se quiebra. Los brazos se levantan y se extienden, como queriendo tomar de mi cámara de video a esa persona a quien le habla en esa lengua que no comprendo. No sé lo que dice, pero su voz, su mirada, sus manos estiradas desde aquella postura congelada, me estremecen. Le habla a un hijo que se fue hacia un país del norte, a un hijo que no ve hace más de doce años, a un hijo que se hace presente en los alimentos de las comidas del día que son posibles por el cambio de divisas.

De un latigazo la mujer detiene el mensaje. Vuelve a congelarse en postura firme, aún mirando hacia la cámara. Aún con agua en los ojos. El silencio nos envuelve otra vez. REC. Detengo la grabación. 

Mi interlocutor se acerca a darle la mano y a decirle algo que asumo como una despedida y un agradecimiento. La mujer me levanta la mano en signo de despedida, y yo me hundo en la tristeza de sus ojos. Le sonrío en complicidad y comprensión.

Mientras ella vuelve a su hamaca, a seguir meciendo su nostalgia, nosotros subimos al coche. Mi interlocutor y yo nos sentimos abrumados. Esa fue la primera vez que sentí el dolor de los que se quedan. Esa fue la primera vez que vi el rostro de la condición migrante. Ese día, entendí que el tiempo que ella se tomó para expresar sonido, fue el aire que necesitó tomar para reconstruirse, con la esperanza de saber que en algún momento, del otro lado de la frontera, su hijo la vería, y tal vez la tecnología y el esfuerzo de muchos, conseguirían un reencuentro.

2º encuentro: Oficinas migratorias.

Hemos llegado a las oficinas de una oficina migratoria. Te presento a Irina.  Lleva horas esperando para entregar la documentación que le dará la legalidad en un país que no es el suyo, con esto espera recibir el permiso que le otorgará derechos en un lugar del mundo en el que no nació.

Ésta es la cuarta vez que visita la dependencia de gobierno. La primera vez fue a pedir información sobre la documentación a presentar. No tenía ordenador, ni móvil, así que se acercó personalmente. La segunda vez fue a presentar la documentación que le solicitaron en la primera visita; llegó una hora antes de la apertura de las oficinas para tomar un turno y se encontró con una larga fila que se extendía por más de una esquina, esperó seis horas para que, cinco minutos antes de las dos de la tarde, una señora le cerrara la ventanilla en la cara y le dijera: “Hemos terminado la jornada, vuelve mañana”.

Para la tercera visita a la misma dependencia, llegó tres horas antes del horario de apertura para así ocupar uno de los primeros lugares de la fila que estaba camino a alcanzar la primera esquina. Tuvo suerte de ser atendida, sólo para enterarse que los documentos no contaban con el sello especial del cual no le informaron en la primera visita. Así que esta es la cuarta ocasión y yo estoy junto a ella, en la que es mi segunda visita a la misma dependencia. Conversamos. Me cuenta lo ocurrido y me sorprendo, especialmente por su entusiasmo y su sonrisa. La cuestiono, le pregunto por qué no dijo nada, por qué no se quejó, por qué no protestó. Con su español, marcado por un acento rumano me explica que de haberlo hecho sería peor, entonces le pondrían más trabas, le darían más largas, le informarían la mitad de las cosas, la mirarían con más supremacía, harían lo posible por postergar sus derechos. 

Ambas nos miramos con entendimiento. Aún así, con indignación le digo que aquellas personas tendrían que irse de su tierra para ser un poco más empáticos y respetar más el tiempo y la integridad de quienes somos ciudadanos del mismo mundo. Pero ella, sonriendo me mira de nuevo con fuerza para decirme: “no tienen el coraje y tampoco han tenido la necesidad”. 

Ese día, Irina me dio aire. Me ayudó a seguir respirando en el burocrático proceso de alcanzar una legalidad y obtener derechos.

3º encuentro: Soy del país de los extranjeros.

Andrés es mi amigo. Compartimos el idealismo por vivir en un mundo más justo. Somos soñadores y, como soñadores hablamos de lo que amamos de la vida y lo que nos disgusta de nuestra especie. También hablamos del camino. Ambos evitamos convertirnos en seres sin razón ni emoción.

Nos hicimos amigos hace tiempo cuando yo recorría con cámara de vídeo los pueblos de mi provincia. En nuestras conversaciones Andrés solía decirme: “Mi Tere, Migrantes somos y en el camino andamos”. 

Lo decía porque, para los dos, la vida ya era un constante ir y venir, un constante empezar de cero, un constante hola y adiós. Decir ese “mantra” era una óptica para entender que la vida “da muchas vueltas” y que mañana podríamos ser aquella persona a quien no le tendimos la mano; decir “migrantes somos” era, y aún es, asumirnos como seres dispuestos a buscar mejores condiciones y oportunidades para conquistar nuestros sueños de soñadores; es entender la palabra “migrante” como un sinónimo del ser humano que lucha para alcanzar su felicidad, aunque implique tener que dejar atrás. Y así decíamos, “En el camino andamos”, porque es así, todos los días, todos nosotros, emprendemos un camino, hacia un trabajo, hacia una escuela, hacia un pueblo, hacia un lugar… andamos por las diferentes calles de las miles de ciudades, de los cientos de países que conforman un mismo mundo que es redondo.

Meses antes había compartido con él un texto que escribí sobre mi condición migrante. Porque aunque el contexto de mi viaje fue muy distinto respecto a otra realidad, yo también viví el choque cultural. 

Yo no crucé el mar en una patera, no sentí el frío del hormigón de un muro, no tuve que saltar una valla. Pero haberme ido de México me ha hecho ampliar la perspectiva y reflexionar sobre las fronteras y los límites que, como humanos, creo que no debemos cruzar. 

No sólo cambié de ciudad, ¡cambié de continente! Los primeros ocho meses fueron duros porque la regularización de mi situación se demoró en resolverse. Escribí mucho en ese tiempo usando el pseudónimo de Julia Mortera. Así que el encuentro con Andrés me recordó ese texto que escribí, en una tarde de soledad, sentada en una cafetería, observando el mediterráneo de rasgos africanos vender llaveros de madera con su hija envuelta en su espalda, sentí la impronta de escribir, de pronunciarme como eso que mi amigo Andrés y yo tanto decimos. Le llamé “Migrante somos y en el camino andamos”: 

“Soy del país de los extranjeros
de los huérfanos de patria
de los que miran raro porque hablan distinto
de los “sin papeles”, de los “friega platos”.

Soy del país de los extranjeros
de los que viven en la nostalgia
de la música que les remite a casa
de los que cargan en maletas esperanza por volver.

Soy del país de los extranjeros
de los que aprenden otros idiomas para poder comer
de los que buscan un rincón tranquilo para soñar
soy de los exiliados, de los perseguidos.

Soy del país de los extranjeros
soy Israel y Siria
soy el aliento del niño ahogado en el Mediterráneo
soy la piel abierta de la mujer en el desierto mexicano
soy el moro entre cristianos,
el mojado, la sudaca, la gitana.

Soy del país de los extranjeros
aquel que no tiene límites geográficos
que no conoce entidades federativas
aquel país que existe y se conforma
con una parte de la población del mundo.

Soy del país de los extranjeros
de los que en silencio gritan “¡Soy tu misma especie!”
y mis oídos sienten el desprecio en tu voz
y mis ojos ven tus muecas por el olor de mi cansancio
y tengo hambre y tengo sueños
y quiero una vida digna como la tienes tú.

Soy del país de los extranjeros
y tengo, como tú, habitante de otro país
amor por una madre y un hermano.
¡Extraña especie con razas y sin razón!
doliente género constructor de estrechos.

Soy del país de los extranjeros
tenía una casa que fue destruida por bombardeos
y mis niños tenían jardines que hoy son escombros
en un lugar del que tú también habrías huido.

Soy del país de los extranjeros
y vivo en la voluntad de algunos hombres y mujeres
que alzan por mí su voz
que no miran el color de mi piel
y que luchan por mis derechos sin conocerme.

Soy del país de los extranjeros
y diviso una estela de esperanza en el camino
en el trabajo de esos cuantos habitantes de otros países
que miran en la profundidad de mis ojos de extranjero
la misma condición de humanidad que todos compartimos”.

Escribí ese poema hace cinco años. Sigo recurriendo a él cuando se presentan situaciones que me exigen comprensión. Me hacen preguntarme, ¿compartimos la misma condición de humanidad? 

La última vez que vi a Andrés cenamos en Norte 21, Oeste 89. Conversamos sobre la relación histórica entre españoles y mexicanos. Hablamos de mi proceso de adaptación, de los trámites, de las filas, de la burocracia, de los círculos cerrados, de las ideas que nos separan. Hablamos de mi decisión voluntaria de irme de México. De los miles de exiliados españoles que durante la dictadura franquista, entre 1939-1942 fueron recibidos con los brazos abiertos por México y otros países latinoamericanos entre los que destaca Argentina. Siempre es una alegría encontrarme con Andrés.

Nos despedimos con un fuerte abrazo, de esos que no se disuelven. Él iba acompañado por una mujer de ojos grandes, y yo por un hombre de ojos verdes.

¿Te gustó el KM 18?

¿Y qué me dices de la temporada completa? ¿Cuál es tu motivo de indignación? Con esta temporada hemos querido dejar claro que no se trata de derechas, ni de izquierdas. Tampoco se trata de ser héroes o santos, la intención va de ser seres humanos y de inculcar el valor de la empatía para construir tolerancia y cultivar la ética en todos los niveles. Cerramos con ese fragmento del francés Stèphane Hessel que se recoge en su libro “Indignaos”.

“¡Indignaos! De la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo, no permitáis que os lo arrebaten. Todos juntos debemos velar por que nuestra sociedad sea una sociedad de la que podamos estar orgullosos: no esa sociedad de sin papeles, de expulsiones, de recelo hacia los inmigrantes; no esa sociedad que pone en duda la jubilación, el derecho a la Seguridad Social; no esa sociedad donde los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente. Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mí me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte, comprometido… Los derechos que recoge la Declaración Universal de 1948 son universales. Si os encontráis con alguien que no se beneficia de ellos, compadecedlo y ayudadlo a conquistarlos”.

#SomosLatitudes va a seguir adelante con una cuarta temporada. Como hemos manifestado el día de su lanzamiento el 1 de septiembre de 2020: Latitudes es un gesto de agradecimiento, un ejercicio creativo y una declaración de amor a la vida. Creemos profundamente en el propósito del proyecto: Generar la reflexión y proponer a las humanidades para transformar la sociedad. ¡Necesitamos de tu ayuda! Por favor comparte, habla de Latitudes en tus próximos encuentros, sugiérelo para ser más críticos, para reducir el consumo de la imagen, para propiciar conversaciones, para dejar de evitar el conflicto. ¡Gracias por ser parte de esta comunidad que va creciendo a paso firme y que se va forjando con el tiempo!

¡Volvemos con la cuarta, en unos meses!