FRAGMENTOS
«¿Cuál es el tesoro que guarda la amistad?»
La respuesta la hemos tomado del libro «Las Olas» de Virginia Woolf
-Ahora una vez más- dijo Louis-, cuando estamos a punto de despedirnos, después de pagar la cuenta, el círculo en nuestra sangre, tantas veces roto con tanta brusquedad, pues somos muy diferentes, se cierra en un anillo. Algo se hace. Sí, al levantarnos nos movemos nerviosos, rezamos y sujetamos en la mano este sentimiento compartido: «No os mováis, no dejéis que la puerta basculante haga pedazos lo que hemos hecho, lo que se engloba aquí, entre esas luces, estas mondas, estas migas de pan y la gente que pasa. No os mováis, no os vayáis. Sujetadlo eternamente».
-Sujetémoslo un momento- dijo Jinny-; amor, odio, como queramos llamarlo, este globo cuyas paredes están hechas de Percival, de juventud y belleza, y de algo tan profundamente hundido en nuestro interior
que tal vez nunca volvamos a crear un momento así a partir de un hombre.—Los bosques y los países lejanos al otro extremo del mundo —dijo Rhoda— forman parte de él; mares y selvas; el aullido de los chacales y el claro de luna que cae sobre una cumbre sobre la que se alza el águila.
—La felicidad forma parte de él —dijo Neville— y la quietud de las cosas normales. Una mesa, una silla, un libro con una plegadera entre las hojas. Y el pétalo que cae de la rosa, y la luz que parpadea mientras guardamos silencio, o tal vez cuando pensamos en una nadería y hablamos de pronto.
—Los días de la semana forman parte de él —dijo Susan—, lunes, martes, miércoles; los caballos van al campo y los caballos vuelven; los grajos suben y bajan y atrapan a los olmos en su red, tanto en abril como en noviembre.
—El porvenir forma parte de él —dijo Bernard—. Esta es la última gota y la más brillante que dejamos caer como un mercurio supernatural en el espléndido y vasto momento que hemos creado gracias a Percival. ¿Qué pasará ahora? Pregunto, sacudiéndome las migas del chaleco, ¿qué hay ahí fuera? Hemos demostrado, al sentarnos a comer, al sentarnos a hablar, que podemos aumentar el tesoro de momentos. No somos esclavos obligados a sufrir golpes constantes en la espalda encorvada. Tampoco somos borregos detrás de un amo. Somos creadores. También nosotros hemos hecho algo que se unirá a las innumerables congregaciones del pasado. También nosotros, mientras nos ponemos el sombrero y empujamos la puerta para abrirla, entramos no en el caos, sino en un mundo que nuestra fuerza puede subyugar y convertir en parte del camino eterno e iluminado.
—Mira, Percival, mientras llaman al taxi, la vista que pronto perderás. La calle está endurecida y bruñida por el paso de innumerables ruedas. El dosel amarillo de nuestra tremenda energía pende como una tela en llamas sobre nuestras cabezas. Teatros, music halls y las lámparas de las casas particulares crean esa luz.
—Nubes puntiagudas —dijo Rhoda— viajan por un cielo oscuro como un hueso pulido de ballena.
—Ahora empieza el sufrimiento; ahora me atenaza el espanto con sus colmillos —dijo Neville—. Ya llega el coche; se va Percival. ¿Qué hacer para retenerlo
¿Cómo salvar la distancia entre nosotros? ¿Cómo avivar el fuego para que arda siempre? ¿Cómo indicar a los tiempos venideros que nosotros, los que estamos aquí en la calle, bajo la luz de la farola, queríamos a Percival? Percival ya se ha ido.
Fuente: «Las Olas» de Virginia Woolf.
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